Mientras caes, hay esperanza

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Poquísimos espectáculos tan salvajes, y dignos de ver con las manos en la cabeza, como una mala racha; pero mala de verdad, pavorosa; una que no recuerdas ni cuándo empezó. Para tener una mala racha, por supuesto, es necesario haber atravesado antes un estado dulce de juego, y que el mundo espere más cosas grandes de ti. Y entonces, después de levantar grandes expectativas y quizá ser tachado de genio, y sin poder hacer nada por evitarlo, te precipitas y vas dando tumbos y tumbos, como si te tirasen por una montaña. Un momento así, atroz, crudísimo, atraviesa Isco en el Madrid.

Tú quieres, pero no puedes ni sabes detener la caída. Es como si te dejases acunar por la inercia. Llevas el suficiente tiempo cayendo como para casi haber asumido que la idea de caer no es mala, o no la peor de todas. Mientras caes y caes, sometiéndote a la gravedad, puedes llegar a sentir que ese desplome es tu modo agreste de flotar. Al fin y al cabo, cualquiera que se haya caído de un vigésimo piso, y haya salido de rositas de esa experiencia, te dirá que el problema de verdad nunca será precipitarse, descender a mayor o menor velocidad, con amargura, con felicidad, sino encontrar el suelo. La firmeza de la superficie, la dura realidad, por así decir, se vuelve definitiva. Mientras caes, hay esperanza. Tal vez, entretanto, aprendas a volar. No es factible, pero…

Esos grandes partidos que de vez en cuando firma Isco en el Madrid son como una terrible maldición, lo peor que le puede pasar, porque al poco tiempo lo conducen a una mala racha, desde la que no consigue pasar del banquillo. O es el mejor o no vale ni para calentar en la banda. Tenía razón el Chava Jiménez cuando decía que para cuidarse primero hay que descuidarse, porque si no, no haría falta cuidarse. Y en esas anda Isco, sufriendo a la espera de sus mejores días, mientras quizá se dice aquello de Denis Johnson: “Qué no daría en ocasiones por volver a estar sentados en un bar las 9 de la mañana contándonos mentiras, lejos de Dios“.