Jimmy Butler: “Debimos ganar a los Lakers en las Finales”

Héroe y villano. La línea que separa una posición de la otra es más fina de lo que se suele pensar. Jimmy Butler, encarnación de lo segundo durante la mayor parte de su carrera, vivió una metamorfosis en la burbuja de Orlando. En Disneyland, pasó de Scar a Simba, de Jafar a Aladdín y de Hades a Hércules. Cuando el villano parte de una posición de desventaja, suele despertar simpatía en el espectador. Cuando, además, se debilita trágicamente por el camino, pasa a estar en el costado de los “buenos”. Así es la vida y así fue el camino de Miami Heat por las últimas finales de la NBA.

Llegaron sin que nadie les esperara, a ritmo de matagigantes y haciendo gala de una de las culturas más férreas de la competición. “El año pasado hicimos más de lo que todo el mundo pensaba, a excepción de nosotros mismos”, declara el alero en una entrevista concedida a Zito Madu, de la revista GQ.

No miente. Ni en lo primero, ni en lo segundo. Nadie pensaba que Miami fuera a dejar por el camino, con tanta facilidad, a los Indiana Pacers (4-0). Todavía menos a unos Bucks (4-1) y Cletics (4-2) que se postulaban como las bazas más amenazantes del Este. Jimmy, sin embargo, sí. Con la ventaja del que ya ha andado por el camino, todo sea dicho. “Lo he gritado una y otra vez. Creo en este grupo. Yo sé que podemos ganar cuatro partidos más. No estamos satisfechos”, expresó antes de iniciar las finales contra los Ángeles Lakers.

El equipo angelino terminaría imponiéndose con un 4-2 final en la serie. Tocaba el cielo diez años después, desde Kobe Bryant y en su honor; pero no sin sudar. LeBron James (MVP) y Anthony Davies, sublimes, sufrirían a los de South Beach. Especialmente, a Butler. En el tercer partido, daría vida a la eliminatoria con un triple-doble histórico (40+11+13, sólo a la altura del propio LeBron y Jerry West), con molestias físicas y sin dos de los jugadores claves de la plantilla, Bam Adebayo y Goran Dragic. “Todavía pensamos que deberíamos haber ganado, y eso que estábamos sin dos compañeros”, asegura ahora, poniendo el dedo en el excesivo lastre físico con el que llegaron. Oda a la épica, pero sin un premio, desde su punto de vista, merecido. Su imagen, exhausto y cabizbajo sobre uno de los paneles publicitarios, lo diría todo. Y lo cambiaría. Fue el culmen de la metamorfosis. “Ahora todo el mundo tiene una perspectiva diferente sobre quién soy como persona y como compañero de equipo, y he sido el mismo desde que me convertí en alguien. Después de un par de partidos, ¿quieren cambiar la narrativa? Me da igual, no me importa. Yo sólo voy a salir y voy a competir”. La transición de un jugador que reniega del cambio y que alardea de vivir bajo el único mandato del “yo mismo”.

“Estoy donde quiero estar”

Jimmy Butler se despierta todos los días a las 4:00 de la madrugada, y se siente afortunado por ello. Es por lo que ha luchado. Tras una complicada adolescencia, sin hogar durante algunos periodos, llegó a la universidad, a Marquette, donde empezó como suplente. “El entrenador me puso un día y fue como ‘¡hombre, si este chico es capaz de ganar tres o cuatro rebotes ofensivos!’, así que siguió confiando en mí y lo aproveché”, explica en la misma entrevista. Confía en su trabajo, pero no recela del azar: “Una de las cosas más reales que he llegado a saber es que la suerte juega un papel importante en muchas cosas y la gente no quiere admitirlo”, reflexiona. Ahora, en unos Heat de inicio irregular y con el peso de la memoria reciente, asegura sentirse más cómodo que nunca: “Sabes que hay gente que quiere verme cambiar (de equipo), pero no. Estoy donde necesito estar, donde quiero estar. En Miami me aman por eso “.

Está feliz por el dónde, pero también por el cómo. Intenta recuperar el tiempo perdido con su hija, de poco más de un año. Muestra una cara que, seguramente, se malinterpretó cuando sorprendió al mundo impidiendo que su familia entrara en la burbuja. Tal y como confiesa en GQ, lo consideraba un viaje de negocios y, por ello, se debía en su plenitud. Una mentalidad fuerte y ganadora de la que quiere impregnar a su linaje. Todo lo que un hombre puede hacer, lo puedes hacer tú. Con mi sangre corriendo por tus venas, nadie nos intimida, no importa el color de la piel, si son hombres, mujeres, cómo de altos son o cómo de rápidos. Vas a ser la mejor “, le repite de forma periódica a su hija. Sigue siendo él. Antihéroe por excelencia.